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Todo ello, cien días atrás

Cien días atrás, comenzó el resto de nuestra vida en una isla que no conocíamos.

Decidimos este nuevo rumbo, profesional y literario, en un verano pospandémico que dificultaba la mudanza. Las aerolíneas no terminaban de normalizar sus protocolos e imperaban las restricciones de viaje para animales grandes. Con la Moka, de treinta kilogramos y nueve años de peruanidad catalana, era imposible aprovechar un vuelo directo desde Barcelona a Gran Canaria.

La opción era tomar el avión en Madrid, a seis horas de camino por la autopista. Optamos por lo más descabellado, aunque tranquilizador: un taxi desde el barrio donde habíamos presenciado un incendio mortífero y escrito la tesis doctoral, a los pies del Mediterráneo, hasta el aeropuerto de Barajas, en la capital de España. El conductor del Škoda, por supuesto, era compatriota; de los buenos.

La Universidad del Atlántico Medio nos había garantizado una casa para los primeros meses de adaptación en Gran Canaria. No imaginábamos que estaríamos entre árboles de Drago y palmeras, con una sensación de ruralidad entre lo urbano. El primer aprendizaje iba a ser el lenguaje del viento, cuando sacude las ventanas en su itinerario de una costa a otra del océano infinito.

Todavía no conocíamos los nombres de lugares como Máspalomas, Gáldar o Mogán, que después hemos recorrido sobre ruedas, como quien traza la circunferencia de un círculo insular. Era el verano más excéntrico de nuestra vida y comenzaba el 28 de julio. Fiestas Patrias. Llegamos de madrugada hasta la dirección de la universidad y salió a recibirnos el ingeniero que dirige sus obras de ampliación. Nosotros estábamos agotados y optimistas; mientras que él, desvelado y cordialísimo.

Nos entregó la llave de la casita que ocupamos durante semanas, hasta finales de agosto, e indicó que había pan, atún, dos cervezas... su Tropical, bien helada. Además, le habían remarcado que las compras incluyeran una bolsa de comida para perro. Todo ello, cien días atrás.

[2022, inicios de noviembre]

Una pelota en el camposanto (capítulo 6) en el diario Perú21

Flexibilidad ante las vicisitudes

Estaba en la terraza de la heladería Dasie, cuando Javier Gutiérrez me la pasó la voz. No es habitual que el ganador del Goya a Mejor Actor por el «El autor» (esa escena en que, calato, intenta escribir como lo hacía Hemingway: ¡con dos cojones sobre la mesa!) y protagonista de la multipremiada «Campeones» (cine higiénico, gracioso hasta las lágrimas, con personajes inolvidables como Marín y la hermosa Collantes) pase a saludar en el barrio.

Sucede que diez minutos atrás le hice la guardia cuando lo vi refunfuñar por teléfono en el Zara Home de Triana entre las sábanas y las colchas. No era su mejor momento, pero igual accedió a tomarse una foto con nosotros. Imagino que notó mi determinación, tan absurda como fanática; y es que, en el triunvirato de la actuación masculina de España: Banderas, Bardem y Gutiérrez, es al último al que le creo todo lo que hace.

Javier Gutiérrez está en Gran Canaria para protagonizar una obra que casi se hunde. Es la adaptación al teatro de la novela «Los santos inocentes» de Miguel Delibes; sin embargo, el reparto no cuenta con su vestuario ni el montaje tendrá escenografía. El barco que transportaba todo desde la península tuvo una avería técnica y, sin más, esta noche habrá una puesta en escena metafóricamente desnuda.

Es lo que tiene habitar en una isla, determinada por el imperio del mar y la periferia cartográfica: los imprevistos gobiernan sobre el cálculo y la previsión, lo cual no deja de ser una lección de vida. Buen humor frente a la incertidumbre y flexibilidad ante las vicisitudes.

[2022, finales de octubre]

Una pelota en el camposanto (capítulo 5) en el diario Perú21

"Y estaba sanita"

Treinta días atrás hubo un incendio en el barrio. Una casa antigua, como tantísimas otras del casco histórico.

Aquella era una esquina que no pasaba desapercibida para los locales ni para los turistas, pues en la parte superior del muro frontal había una placa que evocaba remotos orígenes: “se fundó, en este sitio, la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en el año 1478”.

Esa noche habíamos cenado en una terraza, a pocas cuadras de casa. Volvíamos a pie, algo cantarines por el Lambrusco con que habíamos refrescado la noche de ese verano tan húmedo. Recuerdo el aroma del tiramisú, que llevaba en una caja de postre para terminarlo al día siguiente, lo recuerdo porque al dar al dar la vuelta en la Casa de Colón los olores cambiaron: olía a quemado.

No era solo el olor de materia inerte consumida por el fuego, como la madera o la piedra que abundan en el centro de Las Palmas de Gran Canaria; era otro olor, ese que en verdad aterra, que produce un profundo dolor y encuentra su lúgubre espacio en nuestra memoria más sensible.

Dos años atrás, en los meses agobiantes de la pandemia, fuimos testigos de un incendio que acabó con la vida de tres vecinos. Gente joven y cordial en Barcelona, con la cual intercambiábamos algunas palabras de forma ocasional. Una madrugada, también de verano, sus vidas terminaron de un modo espantoso. Y el olor. Durante días, durante semanas, durante meses se mantuvo ese olor de cuerpos quemados.

En la casa, levantada en el sitio donde se fundó la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, vivían tres hermanos que tenían más de un problema para demostrar su titularidad de esa propiedad. Complejas herencias y olvidados litigios saltaron a la prensa local al día siguiente, como una manera de ofrecer un contexto al incendio. Si bien nadie alcanzaba a explicar las causas del fuego, cada una de las noticias confirmaba la buena nueva de que ninguna persona había muerto; sin embargo, ellos no eran los únicos moradores de la vivienda.

Esta mañana, 12 de octubre, volvimos a encontrarnos con uno de los hermanos. Lo vemos a menudo, por lo general haciendo recados en el mercado. Nos contó de nuevo que sigue en la calle, sin casa; “ha pasado un mes”, suspiró. Como siempre, saludó con espontaneidad y fue tremendamente efusivo con nuestra perreta. La abraza. Se conmueve. Él también tenía una: catorce años y se llamaba Tiana, con T. Aunque sigue muy unido a sus hermanos, este hombre sobrelleva una soledad y un sufrimiento que se le atraganta en lágrimas cuando lo quiere explicar. “Y estaba sanita”, me dijo.

[2022, mediados de octubre]

Una pelota en el camposanto (capítulo 4) en el diario Perú21

Hace de lo literario su paisaje

Llega el día en que una sociedad se reconcilia con sus viejas glorias. Es lo que viene ocurriendo desde hace décadas con Benito Pérez Galdós (1843-1920) en Las Palmas de Gran Canaria, su ciudad natal. Y es que, su figura no siempre gozó del respaldo que ahora tiene su memoria.

En la actualidad, basta con recorrer algunos barrios para advertir los homenajes al escritor en las vitrinas de los restaurantes y las referencias literarias de las esquinas; aunque también está Pérez Galdós al elevar la vista al cielo, con su monumento y el teatro, sazonados por la sal del Atlántico. Incluso, existe la oportunidad de apreciar en el suelo las palabras del escritor, gracias a las citas selectas que dan legibilidad a los empedrados coloniales.

En su libro más reciente, Vargas Llosa se ocupa de casi toda la obra de Pérez Galdós. Año y medio que dedicó a esas lecturas, durante los confinamientos de la pandemia. «La mirada quieta» es el título de su aproximación literaria, que fue presentar a Barcelona junto al bueno de Javier Cercas, meses atrás. La postura crítica y recelosa de Vargas Llosa no socavó mi interés por el escritor decimonónico, sino al revés: busqué la pieza dramática más celebrada de Pérez Galdós (quizá es «Electra», aquella que se estrenó en 1901 en Madrid y generó tal revuelo desde el público a la academia que rebautizaron el recinto teatral con su nombre) y conseguí una de las ficciones menos convencionales de Pérez Galdós («El último viaje de la Numancia», en su primera edición de 1906, por la sencilla razón de que su personaje central es un peruano y buena parte de la novela transcurre en las costas del Pacífico con la derrota de la flota española en el combate de 1866. Una historia en que, por fin, no somos los vencidos).

Entonces, vivo en un lugar que celebra a un hombre que dedicó su vida a combinar las 27 letras del alfabeto; a través de su legado y las representaciones sobre él, me familiarizo con esta ciudad, que hace de lo literario su paisaje.

[2022, incios de octubre]

Una pelota en el camposanto (capítulo 3) en el diario Perú21

Con aroma de sal

La avenida se llama Calvo Sotelo y la cruzo más de una vez todos los días. Es amplia, con tres carriles de ida y tres carriles de vuelta, e importante para la ciudad: separa el barrio de Vegueta, donde vivimos, del barrio de Triana, que frecuentamos bastante.

Es cosa de salir de casa y caminar unas cuadras hasta el teatro Guiniguada, avanzar por el cruce peatonal de la auxiliar y ascender por unas escalinatas o tomar la rampa de acceso. De ahí, solo es esperar a que el semáforo pase a verde para continuar de un barrio a otro.

Son rutinas que toman unos cinco minutos al día, nada más; sin embargo, algo de antinatural entrañan aquellas subidas y bajadas. En el pasado, en vez de los semáforos para cruzar, había puentes. Por un tiempo estuvo el de piedra y por un tiempo, el de madera; debajo, en vez de una vía entre dos amigables barrios, estaba un barranco: la isla tenía ese tajo que la abría desde sus picos centrales hasta el océano.

Los arqueólogos sospechan que esa herida geológica separaba dos guanartematos (palabra que proviene de las lenguas guanches, originarias del archipiélago canario, y que da la idea de cacicazgo): quizá el de Telde, pugnando en un lado de la isla; quizá el de Gáldar, pugnando al otro lado. De los vocablos de esta lengua emana la leyenda, con ecos tan onomatopéyicos como literarios.

Ese tajo de piedra volcánica era el cauce de un río que dominaba la región en épocas remotas: el Guiniguada, del cual extrae su nombre el teatro de mi barrio. Ahora, la herida geológica está cicatrizada de modernidad por el asfalto que recorro a diario, con el agua dulce doblegada por una sed de siglos en este paraje insular con aroma de sal.

[2022, mediados de setiembre]

Una pelota en el camposanto (capítulo 2) en el diario Perú21

La capital de mi remoto país

Llevo un mes en Las Palmas de Gran Canaria, percibiendo que está muy cerca lo lejos.

En el barrio de Tafira Baja, al cual llegamos desde Barcelona, la novedad de esta vida isleña era equilibrada con una reminiscencia sudamericana: el busto de José de San Martín, el hombre que proclamó la independencia del Perú, en el parque que está al costado de la universidad. Nos hemos visto durante semanas, reconociendo nuestros orígenes.

Instalados ahora en el casco histórico de Las Palmas de Gran Canaria, lo que sobreviene entre una esquina y otra es el déjà vu. Sucede que este barrio parece la combinación del centro de Lima y del Cusco, aunque con el mar a la vuelta. La calle, que termina en una plaza, se llama San Agustín. Levanto la mirada, tomo una fotografía y vagabundeo con la extrañeza de habitar un territorio conocido y hasta familiar, siendo todavía ajeno.

Así, cuando los canarios se disculpan por la oscuridad de su verano y señalan al cielo para describirlo, siento la afinidad de nuestras querencias. “Panza de burro”, dicen, una y otra vez frente a lo gris. Entonces evoco, prendido a esas palabras, la capital de mi remoto país.

[2022, finales de agosto]

Una pelota en el camposanto (capítulo 1) en el diario Perú21

Mi taza de fondo negro

A la pregunta de qué libro me llevaría a una isla desierta, ahora respondo con una excepción y en plural: he llegado con docenas de libros a Gran Canaria, que está poblada. Uno de estos, solo uno, está en el idioma de mis últimos cinco años: el català.

Es la novela «El temps de les cireres», que ganó el Premio Sant Jordi en 1976 (año en que nací); también me conmovió que Montserrat Roig, su autora, solo vivió hasta los 45 años (la edad que tengo).

Sin embargo, más allá de las combinaciones calendáricas, la razón de mi interés radica en la elección idiomática de Montserrat Roig: su padre, hombre de radio y defensor de inocentes, había sido perseguido durante el franquismo por hablar su lengua. Es así que la hija, una figura pública tan querida como entrañable, hace del català el rasgo esencial de su voluntad literaria.

Hay algo más. Cuanto tomo té, sin apuro de ningún tipo y extraviado en la parsimonia de mi tiempo isleño, lo hago al calor de sus palabras: “si hay un acto de amor, este es la memoria”, dice Montserrat Roig en mi taza de fondo negro.

[2022, mediados de agosto]

Como hacen los jubilados de Alemania

Lo primero que sorprende en el aeropuerto de Gran Canaria es que todos los carteles están en alemán, también en español e inglés; pero, ante todo, en alemán, tal como estaba la carta del restaurante peruano donde conmemoramos las Fiestas Patrias ante el océano Atlántico.

Más allá de esta curiosidad sobre la penetración germánica en la isla, lo gratificante es que a la papa le llaman “papa” (¡ni se te ocurra decir “patata”!, me advierten las colegas, como si hiciera falta) y que los buses de transporte público reciben el trato caribeño de “Guagua” (incluso, existe el “Guaguaseo”; este es un vehículo inmenso que recorre la ciudad con baños y duchas en su interior para la gente sin hogar).

Lo cierto es que Gran Canaria es una región orgullosa, capaz de trasmitir con buen humor y harta locuacidad ese sentimiento; no bastó con bautizarla Canaria, pues antepusieron el adjetivo en mayúscula. Sin embargo, lo grande aquí son los perros. La palabra “canaria” no alude a las aves, sino a los canes; por ello, el símbolo de Tropical, su cerveza típica y más popular, es un perro. Un perro verde. Aquí se brinda, espumosamente, al amparo de los canes.

Si en otras ciudades hay esculturas de osos o de leones en su Plaza Mayor, animales imponentes e indómitos, en Gran Canaria la expresión es doméstica: ocho perros de raza y mestizos, como es la Moka. La Moka, esa engreída que creció en Lima, tan remota y tan querida, pasó su adultez en Barcelona, con excursiones a Francia y Andorra, para iniciar el sendero a su tercera edad en una isla española como hacen los jubilados de Alemania.

[2022, finales de julio]

Libro en mano, viajar

¿Será que todo empieza con un libro?

La comunidad china comenzó a asentarse en España hace medio siglo, según los expertos. No es mucho, en comparación con ese flujo al Perú que se remonta 170 años atrás y cuyos durísimos orígenes están bastante estudiados. En el caso de la migración asiática en este país, los expertos no se ponen de acuerdo sobre las razones que la motivaron: hablan del foco de atracción que significó el final del franquismo y las oportunidades que prometía la transición democrática. A mí me gusta pensar que estos movimientos humanos tuvieron su raíz en una mujer y su palabra impresa en mandarín.

Su nombre literario es Sanmao y escribía en primera persona sobre sus viajes, con especial devoción por lo sucedido en el ámbito de la lengua española. Sus memorias y relatos, publicados hace más de cincuenta años en China, la convirtieron en una celebridad, especialmente entre las mujeres de su país. Ícono de la libertad y de la aventura, Sanmao dejó su testimonio del desierto del Sahara y del paraíso, tal como llamaba a las islas de Gran Canaria.

Me adentré en las páginas de Sanmao, después de una buena mesa. Hay delicias que llevan a otras.

Entre mis colegas chinas, hay quienes siguieron el posgrado en España porque, de niñas, leyeron a Sanmao. Y, así como ellas, dos generaciones partieron lejos de su cultura y de su idioma para amar lo que otra narraba en su escritura. Estas colegas me hablaron de sus amistades, quienes además de admirar lo que Sanmao representaba, se embarcaban hasta Las Palmas de Gran Canaria para visitar la casa donde ella se instaló, frente al mar, y encontró eso tan efímero que es la felicidad. Intentaré lo mismo. Marcharemos hasta el Atlántico medio, como hacen los peregrinos tras las pistas de un enigma.

Libro en mano, viajar.

[2022, mediados de julio]